¿Un camino largo?
27 años. Largo para algunos, corto para otros.
Una de las cosas más difíciles a las que me enfrentaba de pequeña, o en la propia adolescencia, era no saberme vestir en relación a donde debíamos ir.
Ejemplos más fáciles: sudadera, pantalones de chándal y deportivas rotas a un restaurante. Me enfadaba cuando mi madre me decía que no podía llevarlo, que no era ese el momento. No entendía porque, yo simplemente me quería poner eso en aquel momento y ya.
Ahora bien, también pasaba lo contrario. Usar camisa, pantalones de vestir o incluso querer llevar un vestido (solo al ser algo más mayor) para ir a comprar.
También me decía que ese no era ni el momento ni el lugar para llevar esa ropa algo más buena. Yo volvía a lo mismo. Quería llevarla y no entendía la negativa de mi madre a usarlo. Que más daba.
Podría quedarse en que simplemente no entendía cuando poner una cosa y otra. Ahora se me da un poco mejor. No siempre, la parte del maquillaje, me gusta entretenerme con ello. Ahora el peinarme lo sigo llevando un poco regular. El llevar el pelo bastante corto me facilita el trabajo. Se lo que tengo que hacer para llevarlo arreglado cada día.
Tengo la rutina establecida. Lo peino y aplico la espuma para darle la forma que quiero. Después me limpio las manos. Al volver a casa lo único que debo hacer, es peinarlo y en mi caso queda limpio de la espuma. Al menos así puedo hacerlo una o dos veces. Siempre que no me pase de aplicar espuma.
Poco a poco. No hay prisa.
La cosa está en que de pequeña me vestía mi abuela. Lo odiaba.
Al ser algo más mayor esta función la hacia mi madre.
No porque no me gustará la ropa sino porque era MUY incómodo llevarla.
¿Cómo pueden usar los demás está ropa? Pregunta que ha día de hoy no tiene respuesta. Continua siendo un misterio.
¿Esa falda verde pistacho con tacto resbaladizo? ¿Esos zapatos rosas duros como rocas y demasiado brillantes para el ojo humano?
Ni idea.
Me costaba la vida. Estaba de mal humor todo el día y encima no podía jugar igual en el patio del cole.
También tenía el mismo problema con los calcetines de dormir. Esos más peludos y gordos.
Bueno tenía un ritual para ir a dormir cómoda. Siempre debía vestirme de esa forma o algo ya no iba bien.
Si era un pijama de dos piezas.
Primero. Los calcetines, debían estar al revés para la costura. Sino la podía notar y no dormirme.
Segundo. La camiseta.
Tercero. Los pantalones y la camiseta ya metida por dentro para que no se subiera. Los bajos de los pantalones escondidos dentro de los calcetines para que no se subieran.
Las sábanas muuuy estiradas sin arrugas. Y 400 matas por encima para notar peso y calor. Ahora duermo solo con el nórdico y un pesado gato en el pecho pidiendo mimos antes de ir a dormir.
Mi abuela, por general, siendo más pequeña trababa las sábanas con el colchón dejándome muy apretadita debajo de ellas, casi sin poder moverme. La misma posición que están los muertos en sus cajas. Me encantaba.
Así ella dormía tranquila de que no me iba a caer. Y yo de que las sábanas no se moverían y notara las arrugas.
Eso lo pasaba a cualquier cosa que pudiera tener mi ropa o zapatos. Decían que era como la princesa del cuanto La princesa y el guisante.
Bien, ahora después de mucho pensarlo. Al crecer mi cerebro entendió que hay situaciones que odiaba y otras no le importaban tanto.
Aquí los ejemplos de antes. Un restaurante y un supermercado.
En el primero, un lugar lleno de gente con la que se daba por hecho debería hablar. Pues, creo yo que mi cerebro debía elegir una ropa que al menos me hiciera sentir cómoda. Nada de telas raras y sensaciones extrañas. De ir justa o apretada o embutida en ella. Nada de tener que pensar como me debía sentar en la silla con la falda para que no se viera nada, ni de levantar la pierna porque se me dormían.
Tengo la talla 36/37 de pie, ahora. En aquella época llevaba la 38. Siempre me bailaban los zapatos pero al menos no me apretaban ni se notaban raros.
Ahora, cuando iba al súper. Me preparaba. Tenía mi lista de cosas que comprar y mi móvil junto a los auriculares para poder escuchar música ( lo cual no ha cambiado, no se ir sin ellos encima). Obviamente el dinero en una pequeña cartera.
Aquí solo tendría que hablar con la cajera. Nadie más, no pensaba que podría encontrarme a alguien y tener que hablar. No lo pensaba. No solía pasarme muy a menudo. Además de que llevaba la música baja para poder decidir, en caso de encontrarme con alguien si quería hablar o ignorarlo con la escusa de no oír como me llamaban.
Esa no es la nieta de X. Creo que si ¡Niña!¡Niña!¡Oye, tu!.. Nada que no me debe oír con esas cosas.
Así que mi cerebro debía querer probar aquella ropa que era algo más justa e incómoda para ver si al final podríamos o no llevarla. La mayoría de veces quedaba en negativa. Bien por el tacto o bien porque no sabía llevarla de forma correcta.
Eso continúa. En menor medida pues soy consciente de ello.
Es raro y un camino con demasiadas cosas que aprender, pero no me queda más remedio que seguir caminando y aprendiendo.
Comentarios
Publicar un comentario